Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

LAS DOS PIEDRAS

Sábado, 28 de enero de 2006

ZAMBO CURANDERO, FRAILE MILAGRERO

La lectura era dominio casi exclusivo de los curas y la escritura práctica reservada a los conventos, por la simple razón que desde toda la vida, los brujos y los conventos han acopiado el conocimiento universal.


El único milagro que ocurrió con Fray Martín de Porras, fue que aprendiera a leer. El resto fue radio bemba.

Es oportuno advertir que en el siglo XVI no era bien visto que la gente supiera leer. Y al decir gente, me refiero a los blancos. Que un negro paseara su conocimiento sobre las hojas de un libro, era cosa de brujería. La lectura era dominio casi exclusivo de los curas y la escritura práctica reservada a los conventos, por la simple razón que desde toda la vida, los brujos y los conventos han acopiado el conocimiento universal.

Martín de Porras, para empezar, no era fraile. No daba la talla para tanto. Vivía en el convento porque alguien tenía que hacer las labores prohibidas a los blancos. No vamos a decir que limpiaba los baños, que no los había; pero se hacía cargo de recoger los bacines de los señores frailes, desempolvar los claustros, espantar las ratas y cargar al hombro las provisiones necesarias para el convento.

Un viejo cura, ya retirado de sus fanatismos y seguramente explorando los límites de la capacidad humana, intentó enseñarle a leer a Martín, y el negro aprendió. Intentó hacerle entender las propiedades curativas de las plantas, y el negro comprendió. Intentó hacerle conocer el funcionamiento del cuerpo humano y la razón de las enfermedades, y el negro conoció. Y ya sabemos; desde toda la vida, el conocimiento ha tenido la categoría de milagro. Allí empezaron los problemas.

Cuando Martín salía del convento por provisiones, pasaba por el pobrerío de los barrios negros y aprovechaba para reposar con tilo los cólicos de las niñas, liberar con piñones los estreñimientos de los abuelitos, dormir con valeriana a los negros inquietos, aliviar con chancapiedra los padecimientos del orinar, reposar con boldo las perezas del hígado, o cirear a las negras con la fragancia de las mejoranas. Eso sí, parece que el negro era muy carismático y contaba un variado repertorio de chistes, así que no daba la talla para brujo. Lo consagraron de milagrero.

Al enterarse los señores curas de las liberalidades que Martín tenía con el conocimiento, le prohibieron curar. El uso de la sabiduría y el valor de las plantas está dedicado a quienes mantienen el convento, le informaron. Esa parte de la lección, el negro bruto no la entendió. Segurito que por taras genéticas propias de la raza negra, Martín asumió que el conocimiento era universal, y que si Dios había puesto medicina en las plantas, era para que todos la aprovecharan. No sólo los blancos ricos; también los blancos pobres, también los indios, incluso los negros.
Este pensamiento en el siglo XVI, siglo de la oscuridad y la Inquisición de Torquemada, por supuesto que fue un milagro. Aún hoy lo sería.

Nos encontramos pues, ante un negro quimboso que lee, que conoce el cuerpo humano, que conoce las plantas. Hasta allí no hay nada extraño: todos los curas del convento saben lo mismo e incluso más. La diferencia es que Martín lleva el conocimiento a los pobres, lo comparte con los pobres y procura que los dones de Dios lleguen a todos, empezando por los pobres. Allí sí que se rayó el negro.

En el siglo XVI nuestras supersticiones eran las mismas que hoy, pero un poquito más alharacosas. Martín fue promovido a la dignidad de fraile y luego elevado al pináculo del santoral. No fue una decisión exclusiva de los curas. El pueblo prefiere un mago que hace trucos, a entender un conocimiento que lo atemoriza. Preferimos un Dios que resuelve milagrosamente nuestros problemas, a un Dios que desde el día de la creación nos ha entregado los medios para vivir sin problemas. Preferimos venerar a San Martín de Porres milagrero, que comprometernos con la actitud de Martín solidario.

Casi recién nacido, mi madre me llevó ante la imagen de Fray Martín en el convento Santo Domingo en Trujillo, y le dijo:

Zambo, hazte cargo de este hijo mío, que tiene todas las trazas de ser un guarapero sin arreglo.

Ha pasado medio siglo, y soy la prueba de que el zambo cumplió con creces la dificilísima tarea encomendada. En homenaje a tan sobresaliente milagro, cumplo con escribir esta nota de desagravio.


Gualgayoc. Noviembre 5 del 2005.

P.D.: Lo de perro, pericote y gato tampoco fue milagro, porque el Congreso de la República nos prueba todos los días, que un plato de comida tirado al piso reúne a cualquier animal.

Por: Alfonso Chunga Ramírez | Amigos | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

espectacular tu texto, deberias enviarselo a vargas llosa, o al cabro de baily , para que vean que hay otras mentes tan o mas procacez en la escritura peruana .

vargas llosa se cree el mejor de los mejores , igual baily y son solo soberbias de ellos mismos que paran entre gente que se alaban los unos a lo otros como privilegiados y no es asi

salud mi amigo alfonso +

carlos luis cordova otero |

Comentar


Recordar datos