Disfrutando al Perú, los peruanos y las peruanas, en particular.
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com
Viernes, 10 de febrero de 2006
Armados de vodka, de ametralladoras y del padrinazgo del General de División peruano, los rubios amiguitos del felón arrasaron con los ciervos y diezmaron los venados. Hasta explosivos utilizaron las bestias.
En la década del 50, la Hacienda Casa Grande, en el norte peruano, decidió una importante inversión en la formación de un coto de caza. En Huacrachuco cercaron 500 hectáreas para criar 40 ciervos dama especialmente seleccionados y cuidadosamente transportados desde Europa. Cumplida la temporada de cría, los soltaban en los bosques de Succhubamba, pequeño paraíso donde los ciervos crecían y se reproducían con notable ahínco. En la zona se criaron también ciervos reales o ciervos colorados y venados de cola blanca. Casa Grande se encargaba de solventar la vigilancia del bosque. Aren Kulenkampf, gerente del emporio, vigilaba celoso el crecimiento del coto.
Para fines de los 60, el proyecto había llegado a su madurez, orgullo de Casa Grande y orgullo de la Región. Muy especiales invitados, y con carácter excepcional, eran consentidos a cazar un venado de cola blanca y sólo uno. Los ciervos eran intocables.
En la década del 70, fina cortesía del Kremlin, una soldadesca soviética se afincó en nuestro país para enseñarnos a manejar tanques y limpiar fusiles. Eran tipos incultos y de muy baja ralea; pero el entonces ministro de Agricultura, Barandiarán Pagador, General de División del Ejército Peruano, tenía debilidad por los rubios y se desmayó en una estrechita amistad con los misioneros rusos.
Al amanecer de una saturnal y agradeciendo vaya a uno a saber qué favores, el ministro obsequió a los soldados soviéticos una temporada de caza, y convirtiendo la estrechita en delirio, volaron volando a Succhubamba. Armados de vodka, de ametralladoras y del padrinazgo del General de División peruano, los rubios amiguitos del felón arrasaron con los ciervos y diezmaron los venados. Hasta explosivos utilizaron las bestias. Ningún poblador se coludió con la revolucionaria experiencia. La carne se pudrió en el bosque y los militares reposaron la resaca en el Waikiki.
En la primera década del 2000, recién colapsada la cleptocracia militar de Fujimori, algunos oficiales del ejército hacían cola en un cuartel de Chorrillos para cobrar sus remuneraciones. Eran oficiales noveles. En esas andaban cuando apareció un apuradito General de División reclamando a voz viva sí había una cola para generales.
Si -le respondieron- en San Jorge (*)
Que pena que allí no entren todos.
Gualgayoc, 9 de febrero del 2006.
(*) Cárcel para reos primarios en el cercado de Lima
Por: Alfonso Chunga Ramírez | Diatribas | Comentarios (0) | Referencias (0)