Jueves, 13 de septiembre de 2007
A ese precio y en esa Lima, un Presidente bien puede ufanarse de tener la lealtad de Felipillo, la consistencia del sebo.
En lo que va de los 500 años de virreinato, la burocracia de Lima nunca se ha interesado por la suerte de las comunidades del interior. Ni por casualidad ni por accidente ni por excepción, los empleados domésticos del Estado minero conocen cuántos jóvenes en edad universitaria hay en Pacaipampa, cuántas mujeres padecen de osteoporosis en Carmen de la Frontera, ni cuál es el estado nutricional de los niños de Ayabaca.
En realidad, hasta hoy, la burocracia capitalina, sólo había escuchado la palabra Huancabamba a la hora de embolsicarse la prima por entregar a Minera Majaz un par de provincias completitas para que disponga de ellas, y de sus habitantes, y de su tierra, y de sus ríos, conforme con su instruido criterio primer mundista. En lo que va de los últimos 500 años, los administradores del virreinato han negociado la suerte de los peruanos y sus propiedades, en los autistas salones de El Golf, a espaldas y en contra desde luego, de los intereses de esos indios que viven por allá.
¿Cuánto es el sueldo para un Presidente que llama ignorantes a los campesinos que dice representar? ¿De qué tamaño la ración para un Ministro que llama terroristas a los pobladores que debería defender? ¿A cuánto se compra la docena de periodistas y mediócritos para promocionar las propiedades terapéuticas del mercurio en el medio ambiente?
De aquí en adelante, y al cómodo precio de un mendrugo, Chile nos lleva la delantera en desarrollo, no por sus 200 mil hectáreas industriosamente cultivadas, no por su sistema educativo de altas exigencias, no por sus políticas administrativas transparentes. Chile nos aventaja, en la lúcida opinión del mofletudo García Pérez, porque los pobladores de Ayabaca y Huancabamba se niegan a entregar su tierra y su vida a sus patrones. Los patrones de García, claro está.
Enfurecido por tanto mentecato ecologista, manda a su premier a mentir en nombre de la democracia y Jorgito obedece; manda a sus congresistas a ladrar y por supuesto ladran; organiza una feria de vituperios y los titulares amanecen unánimes en la injuria. Pero todo sólo en Lima. Todo ocurre en la escasa Lima que limita al norte con las cuentas de Gran Caimán y al sur con la faltriquera del diablo.
A ese precio y en esa Lima, un Presidente bien puede ufanarse de tener la lealtad de Felipillo, la consistencia del sebo.
Por ese precio y más bien gratis, en el altiplano moral de Huancabamba, un puñado de peruanos distintos se prepara para anunciar este domingo que el virreinato de Lima se acabó y que 500 años de trapacerías son suficientes para cincelar una frente altiva.
Huancabamba, 13 de setiembre del 2007.
Por: Alfonso Chunga Ramírez | Diatribas | Comentarios (0) | Referencias (0)