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LAS DOS PIEDRAS

Martes, 17 de junio de 2008

Palmera

Conocí a Carlos Culquichicón en una conferencia acerca de productividad. Hasta entonces conocía de sus devociones por el rock y la coprolalia; reconocía su avaricia para los grados académicos y lo asumía como compañero de carpetas desde el nido hasta la universidad. La foto es más que elocuente.

 

La conferencia estrenó el auditorio de la Municipalidad de El Agustino. Habló de mejora contínua, de control de pérdidas, de atención al cliente, de compromiso de servicio; lo habló a un auditorio abarrotado de trabajadores municipales, madres del vaso de leche y comedores populares, dirigentes vecinales y jubilados.

 

Convencer a un público así que hay un horizonte de progreso en las propias decisiones de cada día ya parecía iluso. Carlos fue más allá. Una hora de conferencia y dos de preguntas y repreguntas convirtieron la reunión de un despertadero de inquietudes, un desperezadero de afanes. Naturalmente dispuesto a la vulgaridad pero habituado a los públicos exigentes, sintonizó el punto preciso del diálogo. Pobladores de inhóspitos cerros y basureadas laderas regresaron a casa con una lumbre alumbrando sobre la herrumbre.

 

Trajinamos algunos guariques que él se encargó de condenar por su desaseo o su desatención; exquisiteces que con el Benja digeríamos con algo de paciencia, mucho de aburrimiento, pero con un montón de cerveza eso sí, la suficiente como para que los doctorados no nos arruinen el rancho. En una cantina del Rímac se le ocurre recordar lo bien que lo atendieron en un pub de Trafalgar Square; en una picantería de Breña recitaba recetas de paellas aprendidas en la Gran Vía; afanados por unas minifalderas en una cebichería de Lince, añoraba los makis que le preparó el itamae del mismísimo emperador Hiroito Noveno, si lo hubo.

 

La mirada más superficial lo clasifica en la palanganada. La más severa en el desquicio. Con un fervor que ya parece frenesí, acumula los más rebuscados conocimientos para mejorar la productividad en un país de pacharacos; delira con abatir el derroche en un sistema fundado metódicamente en el dispendio. Abandonó la pasión por Pink Floyd, que ya era inútil, por la de los rendimientos crecientes, que es aún más inútil en los pagos de la burocracia.

 

Hace poco se apareció en casa con treinta kilos menos y un terno de Ermenegildo Zegna, las orejas ostentosas y el mismo peinado con el que su mamá lo peinaba en quinto de primaria. La dieta, que no el amor, lo habían devuelto a la chibolitud. La obsesión por los vinilos la había transferido a los hiposódicos y los hipocalóricos. No aceptó brandy ni whisky ni ron; el agua es el camino que le devolverá latidos que no obedezcan a los triglicéridos, sino al mandato invencible del amor. Trataremos de estar cerca para describir la noticia.  

Por: Alfonso Chunga Ramírez | Amigos | Comentarios (0) | Referencias (0)

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