Disfrutando al Perú, los peruanos y las peruanas, en particular.
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Sábado, 30 de marzo de 2013
Conocí a Atilio en la nutricionista, y él tendrá que reconocer que yo tuve más éxito con las dietas. Yo todavía me puedo ver al espejo. Luego lo persuadí para ir al gimnasio. Y en eso tengo que convenir que él tiene muchas mejores aptitudes para desarrollar musculatura.
Hemos practicado levantamiento de vaso en barra fija, disciplina que nos ha brindado los espacios para coincidir en los Piscos y discrepar en las ideas, aunque no en las prácticas. El marcha contra el indulto, y yo también, aunque virtualmente claro. El tiene una profunda fe en la dignidad de la persona humana, y yo soy de los que constato que personas con dignidad hay, pero hay que buscarlas.
No he tenido la ocasión de asistir a una de sus clases, pero ni falta que hace. El es una clase cotidiana. De cordialidad, por ejemplo. De arraigados valores, Clases que se escuchan, pero que él testimonia. De pequeño veía Batman para aprenderle el truco al Bibliófilo, y parece que dio con la fórmula, porque de acuerdo con su última revisión técnica, las neuronas ya le están pesando más que los huesos.
La Comisión de la Verdad puede dar fe de la aptitud punzocortante de esa neurona, pero en compensación, los comuneros de Ayacucho repasaron en su paso, que cuando la inteligencia se pone al servicio de la Justicia, la lumbre alumbra sobre la podredumbre.
Hoy día está de cumpleaños, y como quiera que está con Papa nuevo, Francisco, habrá replanteado sus obligaciones católicas. Oportunidad como esta es propicia para decirle y repetirle que en la última cena, literalmente, Jesús pidió:
- cuando tomen una copa de vino me recordarán y recordarán los tiempos que pasamos juntos y revivirán esa alegría.
Cito textualmente mi evangelio según San Mateo, versión Humareda, que me lo regalaron unos adventistas en La Huerta cuando preparábamos el cumpleaños del Gato.
Ya he mencionado la cordialidad como virtud cardinal de Atilio. Pero con el cuerpo que tiene, o que padece, sabe despacharse unos abrazos como si uno hubiera sido deportado a la Siberia. De esos abrazos que dicen llévate todo el calor del mundo. Bueno pues, Atilio cumple como cuarenta y tantos, y yo cumplo unos diez años de conocerlo. Así que desde mi paisaje chicamero, levanto mi copa, revivo la alegría de conocer personas íntegras como él y me echo un abrazo a cuenta de los que nos daremos al encontrarnos.
No será en el Sapo de Oro, pero en una de esas en el Estadio, En la cantina de la Plaza San Martín, claro.
Gualgayoc, 29 de marzo del 2013
Por: Alfonso Chunga Ramírez | Amigos | Comentarios (0) | Referencias (0)